Mi casa no es el mundo. Recluido en un holograma de soledad hago recuento de caricias, me abstraigo en un repaso de deseos, cortejo a mi tristeza con palabras y miradas de amor colgadas en el tiempo.

Mi vida son cientos de burbujas transparentes volando en un cuarto pequeño, es intimar con un ordenador y un libro grueso que no atina a entender, pese a su título: “El Secreto de la Felicidad”, el secreto de la felicidad. Acaso tampoco él sea un objeto feliz.

En el libro de al lado las sonrisas son claras, cálidas las miradas, una lluvia de vino lustra los adoquines y los perros más golfos le chulean a la luna sus amantes más jóvenes.

La luna de mi cuarto no tiene plata, no tiene llagas; ilumina a sus pies, lámpara etérea de hilos de merengue seco, mi cama. La quiero como a una amante sumisa que adorase la música.

Me gusta sentarme a pensar en un rincón junto a un ficus, muy oscuro, que lo guarda; es mi jardín botánico.

El mundo me parece desde ahí sentado, demasiado simple, demasiado burdo. Y creo que los hombres y las mujeres son sólo eso: hombres y mujeres; creo que la felicidad no impide el odio; creo que la tristeza es muy hermosa....

Le comento a mi compadre el ficus: “mi casa no es el mundo”.

Degusto la tristeza sorbo a sorbo, su color se confunde con el cristal del vaso, discierno en su sabor: la pena de ser hombre, la presencia del tiempo y la melancolía, inmortal, que todos los futuros miman.

Se paran a mi lado varios de mis amigos: Enrique Urquijo, Steven Mark, Dunnery... Los granujas consiguen casi siempre lo que se proponen: me emociono casi siempre al oír su música. Con sus cantos limpios, de tristeza, me demuestran que la felicidad, la verdadera felicidad, no es una patraña inalcanzable. Que a tragos, arriesgándonos a perder un vaso capilar o incluso alguna neurona suicida en el lance, ni siquiera es un lujo.